El crepitar del fuego del hogar, junto con la cálida luz que proyectaba en la estancia, proporcionaban una agradable sensación familiar. Un único adorno, una pequeña figura de Sira sobre la repisa de la chimenea, con sus brazos ofreciendo ayuda, decoraba un pequeño despacho por lo demás bastante austero: apenas una estantería con libros, dos sillas de distinto tamaño y estilo, y una gastada mesa de madera recia.
- Coge esa, la grande - dijo Zoe señalando hacia la silla situada tras la mesa -. Creo que con tu peso destrozarías la pequeña.
- De acuerdo. Creo que, de todas formas, podrías considerar adquirir nuevos muebles. La mitad de ellos parecen estar a punto de caerse de viejos.
- Así es, y por eso mismo me da pena tirarlos. Los he visto toda la vida. Tonterías, ya sabes.
Mornan asintió mientras cogía la silla y se sentaba enfrente de su vieja amiga, al lado del fuego. Por un momento, se sintió como si estuviera en una de sus habituales charlas en el cuartel, hablando con sus compañeras. La idea le hizo gracia. Zoe despreciaba las peleas, las armas, y hasta el mismo olor del óxido de la armadura le resultaba tremendamente desagradable. Aún recordaba cuando, a escondidas, le estuvo aplicando una loción perfumada en sus ropas, para enmascarar el olor. Durante días estuvo sospechando que Guery le estaba gastando alguna clase de broma.
- ¿Y a qué debemos tu visita, mi buen Mornan? - preguntó su amiga, finalmente.
- Oficialmente, estoy aquí para hacer de instructor de un grupo de cadetes. Mañana nos internamos por el bosque, para ponerlos un poco a prueba, como hizo ya hace tiempo con nosotros un instructor que tuve cuando estuve en la milicia de defensa de Red Hook. ¿Como se llamaba...? Zack, creo recordar...
- Recuerdo aquella época - asintió Zoe -. Mi hermana llegaba siempre agotada, prácticamente arrastrándose por el cansancio... pero nos decía que se encontraba muy agusto, que aunque era duro estaba feliz y que no se arrepentía de haberse alistado. Para ella, siempre fue algo... casi dictado por el destino. Siempre pensé que lo decía para tranquilizar a nuestro mentor... o quizás para irritarle más todavía, quien sabe, Samlara a veces podía tener un poco de malicia - Zoe sonrió ligeramente -. Fue una época delicada entre ellos.
- ¡Ja, ja, ja! Estoy seguro de que fue feliz, pero eso de estar agusto... ¡Todavía recuerdo la cara de asco que ponía cuando tenía que ir a las letrinas! - Mornan se golpeó con la palma abierta la pierna mientras se reía a carcajadas - ¿Sabías que llegó a solicitar hacerse sus propias letrinas independientes?
- ¿Ah, si? Eso no lo sabía, ¿y lo hizo?
- Si, le dieron permiso, pero de poco le sirvió... ¡En cuanto las estrenó, el resto de reclutas empezaron a usarlas también!
Ambos amigos estallaron en carcajadas.
- ¡Ja, ja, ja! Pobre...
- Si, que tiempos... Bueno, volviendo al presente, estaremos unos días por la zona más profunda del bosque, hay algunos informes de criaturas tipo goblin, y creo que puede ser una aventura divertida para ellos.
Zoe resopló ligeramente, de una forma que Mornan no supo si era sarcástica o nostálgica.
- Lo cual me lleva a pedirte un favor - hizo una leve pausa -. Quiero que nos acompañes. No hay de quien me fie más en una situación de peligro.
La clériga miró al fuego del hogar durante unos segundos, antes de responder.
- No.
- ¿No? - pregunto Mornan con incredulidad.
- No - Zoe fijó su mirada en sus manos -. Hace ya unos pocos años que deje atrás esa vida, y lo sabes. No quiero tener nada que ver con más muertes y violencia.
- Pero esto es un ejercicio de entrenamiento prácticamente, ya sabes que...
- NO - la respuesto ahora fue más brusca, más seca.
Zoe se levantó y se dirigió a la chimenea. Cogió la estatuilla de Sira que la presidía, y la acarició con suavidad.
- ¿Y hay algún otro motivo para que estés aquí? - preguntó finalmente.
- ¿Eh...? Ah, sí. Bien, nada, alejarme un tiempo de la acción, estar un tiempo con vosotras... Os echaba de menos, y pensé que igual no te importaría que este bruto este un tiempo por aquí.
- ¿En serio, vas a quedarte un tiempo? ¡Eso es genial! ¿Cuanto?
Por fin parecía que un poco de luz volvía a aquel rostro que Mornan había conocido hacía tanto, en otros días tan distintos.
- No lo sé, de momento vengo a hacer de instructor, ya veremos cuanto tiempo. Ya sabes que ninguna posición es permanente, pero quien sabe cuanto puedo estar aquí.
- ¡No sabes cuánto me alegro! Ah, por cierto, no te he preguntado, ¿te quedas a cenar? ¡Que tontería! Claro que te quedas a cenar... ¡Sam!
Inmediatamente, demasiado rápido quizás, la puerta se abrió y la cabeza de una niña asomó.
- ¿Me llamabas, mama?
- Si. Deja de escuchar detrás de la puerta...
- Pero yo no...
- ...y dile a Asha que prepare algo extra para cenar para nuestro invitado. Algo contundente, este buey no se alimenta de sopas de verduras como nosotras...
La niña salió corriendo a transmitir la noticia mientras dejaba escapar un apresurado "Si, mama" tras de ella.
- …y cierra la puerta después, debería haber añadido - dijo, cerrando la puerta a continuación.
- Bueno, no he podido ni decir que no.
- No tenías opción tampoco.
- ¡Ja, ja, ja! Como echaba de menos ese carácter... Por cierto, ¿como está Sam?
- Bueno, ya has podido ver esta tarde que Sam está muy... suelta. Se escaquea de las tareas siempre que puede, y se junta con un par de amigos con los que ha hecho un grupo. Una chica algo más mayor, y un chico más pequeño, del orfanato. La chica es hija del herrero, y me preocupa que tiene sueños de aventuras... El chico es muy bueno, le conozco de hace tiempo, un encanto. Demasiado bueno para ellas dos, incluso.
- Mmm, quizás le haga falta algo de disciplina para centrarse un poco...
- Sam siempre ha sido un espíritu libre, Mornan. Desde que empezó a andar, de hecho, ya rechazaba la mano que se le tendía. Lo heredó de su padre, sin duda. No intentes analizarlo todo con tu mente de instructor, las cosas a veces funcionan de forma distinta.
- Hablando de su padre, ¿has vuelto a saber de él?
- No desde hace como tres años. Por lo que sé podría estar en cualquier sitio, incluso en cualquier dimensión. El sabrá. La última vez que vió a su hija lo primero que dijo fue que “carecía de potencial reseñable”.
- Así son los que manejan asuntos de magia - respondió Mornan bufando.
- Así es él, en cualquier caso.
- Mmm... ¿Y qué tal va el orfanato?
- Bien, tenemos unos treinta niños. A veces algunos se escapan, eso siempre pasa, es inevitable. No es una cárcel, después de todo. Si deciden que ha llegado el momento de irse, no siempre puedes convencerlos para que se queden.
- ¡Ah! Casi me olvido... me dio algo para ti… - Mornan empezó a buscar algo en los bolsillos de su cinturón - el enano ese raro, el que va con un simio por ahí... Los encontré de casualidad, cuando bajaba por el camino real. Salieron de repente de la linde del bosque, rodando juntos por el suelo, agarrados como si estuvieran peleándose por algo… asustaron a Centella, casi me tira de la montura… Aquí está - sacó de un bolsillo lateral un pequeño saco de cuero, del que extrajo a su vez unas pequeñas cuentas marrones arrugadas. Se las mostró a Zoe.
- ¿Semillas...?
- Esperaba que tu me lo dijeras, aunque eso supongo. No se, me las estaba enseñando mientras me miraba fijamente y me decía algo de las plantas, la vida, y eso. Entonces el mono hizo algo que me distrajo, y él aprovecho para ponerme las semillas en un bolsillo del pantalón. Y un puñado de tierra en el otro.
- ¡Ja, ja, ja! Yo sólo le he visto una vez, pero me hizo lo mismo, me metió varios puñados de tierra en los bolsillos de la túnica. No dejaba de decir algo acerca de que la tierra era vida, o algo así. Fue un poco asqueroso, recuerdo que de entre toda la tierra de un bolsillo también saque una lombriz, ¡puaj! A pesar de eso, me pareció muy simpático. A Ivy le caía bastante bien.
- Si, no se porque, ella siempre le defendía. A mi me sacaba... me saca de mis casillas - dijo, torciendo el gesto.
- Supongo que, de alguna forma, tenían algo en común, a pesar de sus aparentemente innumerables diferencias. O simplemente le haría gracia, quien sabe. Si vuelve a pasarse por aquí le preguntaré, aunque no es muy aficionada a contar nada personal.
- ¿Has vuelto a verla?
- Alguna vez ha pasado por aquí, de camino de aquí para allá. Nunca he sabido ni de donde venía, ni adonde iba, ni si necesitaba ayuda. Tengo la sensación de que a veces viene simplemente buscando un rato de compañía, pero es como un gato: no aguanta las caricias a no ser que las busque.
- Tu sabrás, la verdad es que nunca congeniamos demasiado.
- Sois demasiado diferentes.
Mornan se quedó en silencio, pensando algo para sus adentros.
- Ya que hablas de viejos compañeros, ¿ves a Margaery alguna vez? - preguntó Zoe.
- Poco. Sus labores de estado la mantienen muy ocupada. Alguna vez hemos quedado, no obstante, para hablar un poco de los viejos tiempos, e incluso hemos hecho algún combate de entrenamiento. Para estar separada de las armas, se mantiene muy en forma.
En ese momento llamaron a la puerta, y tras serle dada la autorización para entrar, Asha empujó la puerta con la espalda, cargando en los brazos con una bandeja llena de comida caliente.
- ¡Momento de cenar, Mornan! - dijo la cleriga con una sonrisa -. Espero que con nuestros humildes alimentos puedas coger fuerzas. ¿Tienes obligación de ir al cuartel esta noche?
- No, basta con estar una hora antes del alba allí, para reunir al grupo y prepararnos para irnos. En realidad, ellos incluso ya deberían estar preparados para entonces.
- Bien, entonces dormirás aquí. Asha, prepara la habitación de invitados. La usaré yo. Mornan, tu dormiras en mi cuarto, el colchón es bastante más cómodo, y necesitas el descanso.
- ¡Vaya! Y recuerdo cuando nos conocimos, que eras incapaz de organizar incluso tu propia mochila...
- Bueno, organizar un pequeño templo es fácil, cuestión de tiempo y costumbres. Sigo siendo bastante torpe cuando me sacas de aquí - rió ligeramente Zoe.
La cena transcurrió tranquila, entre anécdotas, noticias, vino aguado y el calor del hogar. Finalmente, Mornan bostezó, y Zoe dió por concluida la velada. Tras indicar a su viejo amigo su dormitorio, se dirigió de nuevo a su despacho. Asha ya había limpiado los restos de la cena. “Tremendamente eficiente esta chica”, pensó para sí. Escribió en una lista unos cuantos materiales que iba a necesitar, y buscó a su hija en su cuarto.
- Sam.
- Dime mama.
- Toma esta lista. Busca estos materiales en el almacén. Que Asha te ayude. Esto es prioritario, que termine las tareas más urgente si no lo ha hecho ya, y vaya contigo. Luego lo traéis todo a mi despacho. Ah, necesito un collar, coged el de mejor factura que veais del cofre. Pero que no sea de ningún metal precioso, si puede ser. No se si habrá alguno. Y que sea grande. Tiene que entrar en un cuello muy fornido.
- Muy bien mama.
Cuando Samlara y Asha entraron al despacho encontraron varios libros abiertos apilados encima de la mesa, y a Zoe de pie, sumergida en la lectura de un gastado tomo de esquinas raídas. Finalmente levantó la vista, dejó el libro abierto por la página que estaba leyendo encima del montón, y agarró un pergamino que tenía al alcance de la mano.
- Bien, muchas gracias a las dos. Ahora hija tu te vas a dormir...
- Pero...
- Sin peros. Este no es el momento en que voy a necesitar tu ayuda, ni debes estar aquí todavía. Vamos. - Espero a que su malhumorada hija saliera del despacho - Y tu, Asha - la joven y alta novicia prácticamente se cuadró al escuchar su nombre -, si quieres puedes prepararte algo de café. Quizás te haga falta, vamos a estar toda la noche ocupadas con esto - mientras pronunciaba las últimas palabras giró el libro que previamente había estado leyendo, mostrándole a la joven clériga la imagen de un medallón acompañado de un texto al lado. El título decía “Medallón de la salvación del durmiente”.
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