Volutas de humo y susurros apagados se retorcían sin fin alrededor de las brasas, en un baile lento y caótico. En ocasiones, destellos amarillentos revelaban la presencia de algo que se movía entre las sombras, siempre alejado de la rojiza luz de las brasas.
El chamán hablaba para si, en un tono grave y monótono, mientras cuentas de amarillento hueso pasaban rápidamente entre sus secos dedos. Cuando terminó, sus ojos ciegos dejaron de mirar las brasas, y se fijaron en la única otra persona de la choza.
- Guerrero -parecía como si varias personas hubieran hablado al unísono. Los chamanes, se decía, hablaban con la voz de todos los que les precedieron.
Aún guardó silencio unos segundos más, inmóvil en su encorvada postura sobre la extinta hoguera.
- Tus sueños. Eres un elegido. Pero no el único, hijo de Angro. Tu destino es liderarnos, o ser destruido. Enfréntate a La Caza, y decide tu suerte. Pero aprende esto: no buscas una presa cualquiera, sino al Grak Sha'la. El Gran Lobo. Tan antiguo como la tierra que pisas, como el aire que respiras. Señor de las bestias del Bosque Vivo. No más tarde de la tercera luna de sangre, búscale. Pero cuidate, pues si no eres apto, devorará primero tu cuerpo, después tu alma, y al final, tu misma esencia. Anda al sur y triunfa, o muere, y nosotros contigo. Ahora vete, no tenemos más que decirte.
El joven se levantó con una agilidad que contradecía su corpulencia, quizás la inquietud producida por el lugar le espoleaba a moverse más rápido. Justo cuando estaba a punto de cruzar el umbral, una miríada de voces a su espalda le detuvieron.
- Guerrero. Ya no eres el hijo de Angro. ¿Cual es ahora tu nombre?
El bárbaro se detuvo, y prácticamente sin volverse, dijo con voz ronca:
- Moa.
Sin mas, salió de la choza del chamán. Atrás quedaba una sonrisa, teñida de sombras y luz rojiza.
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