lunes, 29 de octubre de 2018

Los tiempos cambian

Recordaba el verano anterior: las hojas secas de otoño cayendo lentamente mientras jugaban cerca el molino, con sus risas y el agua del rio como único sonido.
"Igual que las hojas secas" pensó. Igual que esas hojas, su cuerpo inerte se desplomó, destrozado por el no-muerto del que él se había zafado. Esa estocada era para él, lo sabía. Era indigno retirarse, pero aún más indigno intentar mentirse.

Igual que aquellos aldeanos, él se había apartado cuando su amiga más lo necesitaba, y ahora estaba muerta. Todo el odio, todo el resentimiento que sentía hacia aquellos cobardes aldeanos lo sentía hacia sí mismo, y hacia el mundo. El mismo mundo que le había arrebatado a su familia, a su amiga, a su infancia, ahora se reía en su cara y le decía "lo ves? no hay consecuencias. Te retirase, tu amiga está muerta y tú... tú sigues vivo".

El mundo le decía que podía hacer lo que quisiera, que todo lo que había aprendido sobre el deber, sobre la esperanza y sobre la bondad no valía de nada.

Vio como el elfo se retiraba: no le importó. Se dirigió a la salida, malherido, hacia lo que parecía una muerte segura: no le importó. Escuchó al halfling a sus espaldas verse rodeado, intentar escapar, y caer bajo la hoja de la momia: no le importó.

Siguió adelante, rompiéndole el cuello a uno, dos cadáveres, encarando a otro caballero, esperando caer, o seguir, lo mismo le daba. Sintió la espada hundirse en su cuerpo y, por un instante, pensó que podría ver algo de justicia para sí... pero el descanso no llegó.

Se despertó instantes después, rodeado de sus compañeros, deseosos de bajar a encontrar los tesoros ocultos por la momia. Desde el suelo miró una vez el cadaver de Eleonora. Tan sólo el bárbaro se había acercado a verla... pero no le importó. No juzgó a sus compañeros. No había más justicia, ni más juicio. No había razón, no había nada, sólo odio.

Se levantó, se limpió la sangre de los ojos y siguió al grupo a buscar el oro, dejando atrás el cadaver de su amiga junto a la poca humanidad que le quedaba. Se sintió extrañamente ligero, libre de la carga de la conciencia y el peso de los sentimientos.
"Los tiempos cambian" se dijo a sí mismo. Cogió el oro y se alejó del castillo sin volver a pensar en la clérigo, o en su familia, o en su aldea, o en aquellas tardes de otoño. Tan solo contando las monedas de su bolsillo, y pensando en cómo conseguir mas.

1 comentario:

  1. Muy bien escrito y muy coherente, pero te estás convirtiendo en un vinagres.

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