jueves, 25 de octubre de 2018

(Lundasar) Piedra Umbría, relatos de ancianos

Me siento delante de la anciana, quien sospecho que no ve muy bien por el comienzo de cataratas que se adivina en sus ojos. Se la ve contenta, sentada en el portal de su casa, tomando el fresco viento de comienzos de otoño. Le digo que varias personas me han dirigido hasta ella, que dicen que es la persona que mas conoce de las leyendas de la zona. Asiente ampliamente, mientras sonríe con una sonrisa tan arrugada como encantadora.

"Ah, sí, te han dicho bien... soy la más mayor del pueblo, y la que mejor conoce sus historias, y las del Bosque Anciano... La leyenda de Pangue Lorn... Aquí lo conocemos como Piedra Umbría. Deja que esta vieja haga un poco de memoria..."

Noto como bucea en sus recuerdos, durante unos pocos instantes. Enseguida, vuelve.

"Verás, Piedra Umbría era un enorme castillo en lo que antes era la linde del bosque... Porque ya sabes que el bosque avanza, imparable. No parará hasta ocupar todo Pramo, ¡es su destino, te lo digo yo, joven! Pero me voy por las ramas...

Se decía que tenía tantas habitaciones que podia albergar a toda la corte real, con su familia, mayordomos, criados y guardia personal incluida. Y antaño la familia real tenía muchos, muchos primos, ¡te lo digo yo!

El caso es que un día el poderoso señor de Piedra Umbría conoció a una joven y atractiva muchacha, hija de otros señores feudales, en una fiesta que dio el rey para sus vasallos. Quedó enamorado al instante, y empezo a cortejarla, agasajándola con todos los bienes que podía. Joyas, tapices, delicados objetos de artesanía hechos por los mas habilidosos artesanos del reino... No obstante, nada hizo mella en el corazón de la muchacha, quien desde el mismo principio hizo patente su rechazo a su pretendiente.

Pero éste no cejó en su empeño, ¡Ah, no, no, no! Estos señores nunca se han caracterizado por su buen entendimiento, ¿verdad? Hay cosas que no cambian nunca... Un día una idea invadió su mente, como una mala hierba que arrancas, pero brota de nuevo, en mayor número aún. Pensó que, después de todo, solo se trataba de convencerla... y eso se podía conseguir por las buenas... o por las malas."

Interrumpe de nuevo el relato para preguntarme si tengo sed. Le digo que no, y acto seguido me ofrece unos dulces que ella misma prepara con azúcar, remolacha y fresa. Piruletas sanguinas, las llama. Aunque tengo curiosidad, no es el momento de disgresiones, asi que, amablemente, le pido que continúe su relato.

"Como decía... un día la invitó a visitar su castillo, con la excusa de enseñarle las bondades de sus dominios. La joven no tenía ninguna ganas de ir, que duda cabe, pero ya sabes, hijo, ¡nobleza obliga! El caso es que mientras se encontraban recorriento la muralla de poniente, observando un atardecer que teñía el cielo de un rojo vivo, el señor del castillo así le habló:

- Joven dama, me habéis negado vuestra mano una y otra vez, en contra del consejo de vuestros padres, y aún de vuestras damas, lo sé. Tenéis una voluntad fuerte, y unas ideas claras. Pero yo tengo ahora mismo la fuerza. Sed mi esposa, o no saldréis nunca de aquí.

Y esto, dicen, respondió ella:

- Siempre os he odiado, sabía que el germen de la maldad habitaba en vos, pero fuí ingenua al suponer que aún tendriais algo de honor por pertenecer a la clase de la caballería. ¡Guardias, sacadme de aquí!

Pero según se daba la vuelta pronunciando esta frase observó con horror como sus armados protectores eran traidoramente asesinados por la espalda. Se encontraba sola, pues, en aquellos dominios, ahora cláramente hostiles. Sin cambiar su expresión, volvió a hablar, mirando fíjamente al infinito, en la dirección en la que se encontraba su hogar.

- No sabéis lo que habéis hecho. Habéis traido la guerra y la verguenza sobre vos y vuestros dominios. Y si aún mi sangre se derrama en vuestro castillo, os digo que el sitio quedara maldito, perdido en las mareas del tiempo, abandonado, siendo pasto de las enredaderas y el moho que poco a poco desharán hasta la última de las piedras que lo componen.

Dicen que no volvió a hablar después de esto. Quedó callada, pues, y no miró al vil señor en ningún momento. Este, quizás por la devoción que aún sentía por sus antiguos dioses, por el respeto que su valiente actitud le generara, o por el miedo a que la maldición callera sobre el, no osó tocarla. La encerró en una mazmorra y allí quedo, a la espera del día en que su voluntad se torciera.

Ah, pero podéis pensar, ¿no hizo su familia por rescatarla? Por supuesto. A los pocos días un ejército se presentó ante Piedra Umbría, y amenazó con quemar hasta la última piedra si la joven no era conducida sana y salva ante ellos.

Ahora, la corrupción que había empezado a sentir el señor del castillo era ya avanzada, y le impedía pensar con claridad. Se negó a liberar a su prisionera, y exigió la marcha del ejército invasor.

Lo que viene a continuación es de suponer. Cuando las palabras fallan, hablan las espadas. Así manejan sus asuntos los altos señores. Las grandes piedras lanzadas por los ingenios de guerra empezaron a caer en el interior del castillo.

Pero claro, cuando una lanza una piedra a ciegas no siempre sabe muy bien donde va a caer, ¿verdad?

Una enorme roca impactó en la base de la torre del homenaje, en cuyo subsuelo estaba la celda de la joven. Su fin, al derrumbarse la estructura entera, fue instantáneo.

Al ver esto, y saberse maldito, el señor de Piedra Umbría perdió la poca cordura que le quedaba, y abriendo las puertas principales, se lanzó junto a aquellos fieles que quisieron seguirle al asalto de los sitiadores. Por supuesto, cayó prácticamente de inmediato.

Y ese fue el fin de sus dominios. Sin herederos, tras la verguenza de su fin, y con los rumores sobre su maldición, nadie quiso acercarse nunca más a aquel lugar."

La anciana termina su relato, quedándose unos segundos en silencio. Después, vuelve a preguntarme si no quiero probar sus dulces especiales e insiste tanto que al final cedo. Entra en el interior de la casa y saca una pequeña bandeja de barro con unas piruletas de color caramelo, con líquido rojo en su interior. Conversamos algo más mientras degustamos una cada uno.

Finalmente, cuando estoy a punto de partir, pues ya esta anocheciendo, me lanza un último consejo.

- El bosque, joven. No se fíe nunca del bosque. Para mí, él fue el origen de la locura de este relato. Nada que esté cerca del bosque termina bien, ¡se lo digo yo, que sé muchas historias! Ese bosque, es peligroso, y está lleno de... amenazas.

Mientras pronuncia las últimas palabras rompe el dulce que degustamos, y el néctar rojo de su interior se derrama por su barbilla, dando una imagen ciertamente inquietante.

Relato extraído de "Pramo: folclore para no olvidar", del viajero escritor Ed Maelin (biblioteca de Sora).

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