La oscuridad era eterna, inmortal, en aquella esquina del mundo. Hacía eones que luz de cualquier tipo no hollaba la inmensidad de la caverna. Si alguien, en algún momento, decidiese embarcarse en el viaje suicida que llevaba allí y portase una antorcha capaz de iluminar su extensión, la amplitud y la sensación de vacío de la hoquedad le dejaría sin aliento. No había nada allí, nunca lo había habido y sin embargo lo había todo.
Khodros despertó de su ensoñación. No era consciente de haberse dormido y, tras un instante de confusión, se dio cuenta de que en realidad nunca había dejado de caminar al frente del grupo. Sacudió la cabeza, enfocó la visión y siguió avanzando. El pasillo era largo y oscuro y ya habían caído en una emboscada unas horas antes. No volvería a ocurrir.
[Relato original de Kineas]
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