El joven humano se detuvo frente a la puerta del local. Dentro se oían, entre breves momentos de silencio, gritos, risas, aplausos y golpes de jarras y puños contra madera. Abrió la puerta, y un aire húmedo cargado de olor a sudor y cerveza le envolvió. Tan asfixiante, tan familiar.
No fue difícil encontrarla, al fondo de la brumosa taberna, subida en una mesa, gesticulando ampliamente mientras relataba algo, capturando la atención de su audiencia, haciéndola suya. Sus ojos se cruzaron, y supo que ella le había reconocido, aun cuando no hubo ningún gesto externo. Sentándose en una destartalada silla junto a la entrada, se dispuso a disfrutar del espectáculo.
- Así que tu eres esa gran barda de la que desde hace poco solo se escucha hablar, pequeña... - masculló para si mismo.
No pudo seguir oyendo su propia voz, ya que en ese momento la multitud estalló en vítores y aprobaciones. Desde un lugar indeterminado, alguien gritó "¡Eres un cabrón con suerte Olk, si la barda no te hubiera dormido te habrías cagado tanto cuando llegaras delante de aquellos renegados que no te habrías librado del olor en tu vida!" La multitud aprobó la interrupción con más risas y golpes en las mesas.
- ¡Calla hijo del desierto! ¡Olk demostró el valor de un héroe! ¡Según les vio, sin dudar un instante ni preocuparse por su propia integridad, cargó contra aquel grupo de ocho indeseables! - respondió la barda, señalando a un hombre mayor, algo estropeado, que refulgía de orgullo a un par de mesas de distancia.
- ¡Cántanos la Canción del Bardo! - pidió uno.
- ¡Cuenta otra vez lo de los dragones! - gritó otro.
- ¡Conseguiréis secar la saliva de mi boca, perros Isahianos! ¡Esta bien, una última vez! - Sirena enmudeció, hasta que la algarabía general hizo lo propio. Entonces, empezó a relatar.
"Era una noche de luna creciente, tranquila. Mi valiente compañero draconiano hacía guardia cuando escuchó un sonido ominoso, terrible, el sonido de la misma muerte: aquel que dos pares de alas enormes descendiendo en la obscuridad insondable de la noche producen... Entonces, aterrizando sobre los restos de las semiderruídas casas del refugio, pudo ver, a la luz de la pálida luna, sendos dragones, majestuosos, solemnes, mortales. Los pocos rayos de luna que, valientes, se atrevían a pasar entre las nubes para iluminarles, arrancaban reflejos verde jade de sus cabezas alzadas, mientras ellos buscaban en el frío aire nocturno a la que sería su siguiente víctima... Sigiloso, nuestro vigía se acercó a mi para despertarme, aunque yo ya me encontraba despierta y alerta, pues los años de aventuras te enseñan a dormir con una mano bajo la almohada, y la otra sobre la daga. Entonces, reuniendo a estos mis bizarros compañeros que ya conocéis (ese el fuerte enano, aquel el sabio hombre de la naturaleza, este el feroz gladiador y allí el poderoso draconiano)..."
De repente, se sintieron, mas que se oyeron, tres pequeñas explosiones de humo negro justo detrás de la mesa en la que se encontraba subida la mediana. Inmediatamente, los miembros del grupo antes mencionado por la barda se levantaron y, desenfundando sus armas, cerraron filas en torno suyo. Ella sin embargo, sin mostrar el mas mínimo temor, les murmuró algo que no pudo ser escuchado, y se adelantó a donde las brumas oscuras empezaban a revelar lo que parecían figuras humanoides.
Tras unos segundos, una de las figuras quedó libre completamente de sombras, mientras en las otras solo podían verse, entre remolinos de sombra obscura, unos ojos, brillantes como estrellas blancas en una noche negra. El hombre, musculoso, desnudo de torso para arriba, y con un tatuaje en el pecho (reconoció la luna y la daga que lo identificaban como miembro de la "Cofradía de las dagas"), sostenía algo en la mano, en una actitud solemne.
Entonces, el hombre de la Cofradía, poniendo una rodilla en el suelo para ponerse al nivel de su interlocutora, le tendió la mano, revelando un objeto en su interior.
- En nombre de la Cofradía de las Dagas, te nombramos, barda Sirena, miembro de honor de nuestra hermandad. Acepta este colgante como muestra de nuestra amistad. - extendió la mano y mostró un collar brillante, con el mismo símbolo que llevaba tatuado en el pecho grabado en una medalla.
La mediana sonrió. Agarrando al hombre del cuello le besó y, acercándose a su oído...
- Tu... mmmyo... hacer... mcosas divertidasm... jijiji... - se oían unos murmullos apagados provenientes de un rincón de la choza.
- Ya es hora de salir. Si no la despiertas tu le tiro su ración de agua en la cara. - le gruño Kodhros a Fenec, mientras terminaba de tragar lo que le quedaba de desayuno.
Asintiendo, Fenec se acerco al pequeño ovillo de ropa murmurante.
- Despierta, mi buena Sirena, es hora de recoger e irnos.
- ¿Ya es mediodía, mi buen hombre-arbol...? - pregunto entre bostezos la mediana.
- Me temo que no, apenas despunta el alba. Tengo curiosidad: te movías mucho, y de vez en cuando soltabas alguna risilla. ¿Que tal han sido tus sueños?
- Dulces, hombre-arbol. Mis sueños siempre son dulces - respondió ella, sonriendo abiertamente.
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