jueves, 30 de marzo de 2017
Glonin
Jodido calor… ¡No podía soportarlo más! Le irritaba sobremanera; así como la tropa de desarrapados, vagos, inútiles y borrachos que tenía a su cargo. Bastardos… No había uno bueno. A la hora de entrar en batalla era como intentar manejar a una piara de cerdos borrachos. Ni los castigos físicos, ni la amenaza del batallón “Purgatorio” les espabilaba; y eso que ya había mandado a algunos allí: tanto a la enfermería como al otro batallón.
Jodido calor… No es que echara de menos a su gente, para nada: panda de avariciosos, trabajadores compulsivos, rencorosos, tercos. Como él, pero sin aspiraciones. Tampoco es que Yog fuera su persona favorita, pero, ¡qué coño!, le echaba huevos a la vida. La paga era una mierda, eso sí, pero la completaba con rapiña aquí y allí. Lo que no se salvaba era la comida… Más de una vez había sentido arcadas con sólo olerla, esos días ni comía, se hacía a un lado del campamento y dejaba el vómito fluir como si más que una necesidad ineludible fuera algo que hubiera necesitado tiempo para fraguarse, cocinándose lentamente en su estómago, junto a la bilis y los jugos gástricos.
Jodido calor… Ni las moscas se movían, y eso que con la cantidad de roña que les cubría deberían haber estado insoportables. Ya ni notaba el hedor que salía de sus ropas, o de las de sus compañeros, tanto se había acostumbrado a él. Al principio, cuando se sumó a la unidad, era lo primero que le había llamado la atención: como una mezcla de pis rancio, mierda, y sudor reconcentrado en la entrepierna, pero repartido por todos lados. Aún así, curiosamente, por ese olor nunca vomitó, aunque hiciera que le picaran los ojos y la garganta. En las tardes como esta pensaba en las montañas, siempre olía a árboles en las montañas.
Se empezaron a escuchar gruñidos, gritos incomprensibles y golpes fuera de la tienda. Los cabrones ya estaban otra vez peleando; esperaba que en esta ocasión no fuera porque alguno de ellos había vuelto a sugerir la idea de una orgía: eso no acabó bien. Se levantó del camastro y, en gallumbos, cogió su hacha. No necesitaba nada más. Separó la tela que hacía las veces de puerta y salió al campamento. Era hora de algunos castigos ejemplares: esos siempre animaban a la tropa. Jodido calor...
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